Peregrinaje a Gishen Maryam

Etiopia

10.2009
El monasterio de Gishen Debre Kerbe es uno de los lugares más venerados en Etiopía.
En el siglo XIV, bajo el reinado del emperador Dawit, un fragmento de la “verdadera cruz” encuentra refugio en Etiopía, para acoger esta inestimable reliquia, Zara Yaqob, hijo de Dawit, elige la meseta de Amba que cree predestinada por su forma. El humilde fragmento es guardado en cuatro cofres concéntricos de hierro, bronce, plata y oro. Todo el conjunto cuelga de unas cadenas en el fondo de un pozo de veinte metros de profundidad. Por supuesto, no tengo el permiso para ir a verificarlo, el mito y la historia tienen gran importancia. Ante todo, el lugar tiene un valor simbólico.
El peregrinaje de Ghishen Maryam tiene lugar todos los años y dura principalmente cinco días, no me preguntéis la fecha del próximo, el calendario etíope no es el mismo que el nuestro, casi ocho años nos separan y los años tienes 13 meses, la hora tampoco es la misma, a las 07:00 para nosotros es la 01:00 para ellos, algunas citas dan lugar a confusión o malosentendidos.

sigue leyendo

Un peregrinaje etíope.

El monasterio de Gishen Debre Kerbe es uno de los lugares más venerados en Etiopía.

La aventura comienza en Dessie, lugar situado a 2500m de altitud y a 8 horas de ruta de Addis Abeba. Es un cruce desde el cual se puede subir hacia Lalibela o más lejos todavía hacia Sudán, mientras que el oeste nos lleva al lago Tana, el cual se abre hacia las planicies desérticas de la región de Afar (150m por debajo del nivel del mar) y que terminan en Djibouti.

Dessie es pues una etapa ineludible donde todos los hoteles están en este momento al completo a causa del peregrinaje. La ciudad no presenta ningún interés, no me quedo allí más de una noche. Al día siguiente, después de una hora de ruta, atravieso la ciudad de Kutaber que me ofrece a continuación dos horas de pista, estoy maravillado con este paisaje sorprendente. A partir de aquí, hay que descender hasta 1500m de altitud, bordear el río para después volver a subir a 2900 m, a los pies de Amba. Por otra parte, al final de la ruta, todavía se necesitan unos veinte minutos caminando para hacer los últimos cien metros de desnivel que, finalmente, dan acceso a la meseta situada en la cumbre. Ésta, vagamente cruciforme, tiene una longitud de 1800m, lo cual ha permitido construir cuatro monasterios o iglesias ortodoxas: San Gabriel, San Miguel, Santa María y sobre todo, Gishen Debre Kerbe (construida en el siglo V por el rey Kaled).

En el siglo XIV, bajo el reinado del emperador Dawit, un fragmento de la “verdadera cruz” encuentra refugio en Etiopía, para acoger esta inestimable reliquia, Zara Yaqob, hijo de Dawit, elige la meseta de Amba que cree predestinada por su forma. El humilde fragmento es guardado en cuatro cofres concéntricos de hierro, bronce, plata y oro. Todo el conjunto cuelga de unas cadenas en el fondo de un pozo de veinte metros de profundidad. Por supuesto, no tengo el permiso para ir a verificarlo, el mito y la historia tienen gran importancia. Ante todo, el lugar tiene un valor simbólico.

El peregrinaje de Ghishen Maryam tiene lugar todos los años y dura principalmente cinco días, no me preguntéis la fecha del próximo, el calendario etíope no es el mismo que el nuestro, casi ocho años nos separan y los años tienes 13 meses, la hora tampoco es la misma, a las 07:00 para nosotros es la 01:00 para ellos, algunas citas dan lugar a confusión o malos entendidos, confirmad bien en qué sistema os habéis explicado.

Volviendo a las particularidades de la ruta. Dejo el fondo del valle a sólo 17km de Gishen Maryam, final de esta pista, situada 1400m más arriba. Los autobuses cargados hacen todos los esfuerzos por llegar arriba, para ellos, pararse en un lugar empinado es arriesgarse a no poder arrancar de nuevo, a pesar del freno de mano, algunos autobuses llevan consigo ayudantes siempre dispuestos a bajar para poner grava bajo una rueda y recuperarla una vez que el autobús ha conseguido continuar la marcha, correr y saltar en marcha en este vehículo que mezcla polvo y gas del tubo de escape: hay siempre un suspense entre los pasajeros.

Finalmente, necesitaré alrededor de una hora y media para hacer los siete últimos quilómetros, siete quilómetros de autocares aparcados en fila india en el borde de la ruta. Una vez que has empezado, imposible dar media vuelta, para que la carretera vuelva a estar libre en los dos sentidos, habrá que esperar al final del peregrinaje.

De momento solamente hay una opción para los que bajan y los que se atreven todavía a subir y son los 4x4. En lo que a esto se refiere, me da vergüenza estar sentado confortablemente en un coche que sube las cuestas sin protestar mientras que hombres cargados, ancianos y mujeres con niños en la espalda, siguen subiendo siempre al borde de la extenuación.

Una vez que llego al aparcamiento, intento llegar a la meseta, pero en los cien metros de desnivel que deben servir para desentumecer mis piernas, los caminos están completamente saturados de peregrinos. Todo está bloqueado, no se puede avanzar. Algunos cogen atajos que se parecen a una vía ferrata sin ningún tipo de seguridad, aquí no hay servicios de emergencia, no hay helicópteros, si te caes, estás muerto.

El ejército y los agentes del orden intentar canalizar la muchedumbre, de dividirla en grupos de cincuenta personas sobre este sendero empinado y a veces resbaladizo, donde más vale no ser empujado. Escucho a menudo la palabra “farenji” alrededor de mí, la cual significa blanco, extranjero, de hecho, la palabra viene de la inglesa “foreign”, lo cual no deja de ser extraño para un país que no ha sido nunca colonizado, sino solamente ocupado durante cuatro años por los Italianos.

En el aparcamiento hay una cantidad impresionante de porteadores que esperan a que los necesitemos, todo se transporta hasta allá arriba: forraje para los animales, cajas de Coca-Cola o de cerveza, leña para cocinar, un grupo electrógeno por aquí, palos de madera por allá, etc. Y por supuesto, el equipaje de los peregrinos acaudalados. Dos birr por llegar hasta el centro de la meseta, cuarenta minutos para subir cargados, veinte minutos para bajar corriendo, en total, una hora para ir y volver. Al final del día, el que ha tenido la oportunidad de encontrar diez clientes, habrá ganado veinte birrs, es decir, alrededor de 1.30€, 25 birrs es el salario de una jornada de diez o doce horas de trabajo en la ciudad. Si se compara este sueldo de los menos cualificados y el precio de algunos productos corrientes como una Coca-Cola (4 birr), una cerveza (6,5 birr) o un litro de combustible (9birr) tendremos una idea del nivel de vida de la mayor parte de la población ,aquí, en Etiopía.

Diez de la noche, todavía hay animación pero la mayor parte de los peregrinos están acostados, enrollados en una sábana y alrededor de una de las cuatro iglesias. Ni una sola cabeza sobresale, diríamos que se trata de sacos colocados en el suelo. Algunos todavía rezan o meditan, otros se calientan alrededor de un fuego, tres jóvenes me abordan, hablamos y la pregunta habitual se presenta: - “¿Cuál es tu religión?”. - “Ninguna. Yo no soy ni católico, ni judío, ni musulmán, ni hindú. No sé, no conozco cual es la verdad.” Intentan convencerme, por supuesto tengo que leer la Biblia. Me divierto. Ellos insisten, me dicen que su religión es la primera de todas y como prueba me comentan que Lucy era Ortodoxa, ¿ quién es Lucy?, ah!!, sí, nuestro antiguo australopitecos de hace 3,2 millones de años, descubierta en Etiopía, ¿ cómo podría ella no ser ortodoxa?. También me hacen saber que la verdadera Cruz descansa en el monasterio de Debre Kerbe. El fragmento tiene ya un tamaño a la altura de su fe. Paso dos noches durmiendo en el suelo como ellos sin el más mínimo colchón, pero con una diferencia, un buen saco de dormir para protegerme del viento y de los diez a doce grados de temperatura que la noche húmeda nos trae. Duermo mal, me duele todo, me pregunto qué hago allí, pero al mismo tiempo, soy consciente de que asisto a algo increíble. Afortunadamente, encuentro para los días siguientes una cama de campaña hecha con una lona, cama que habría rechazado con desdén algunos días antes.

Es el peregrinaje en todo su esplendor, 500.000 personas según las autoridades locales, 200.000 sería una estimación más justa, sobre todo si tenemos en cuenta las reservas de agua disponibles y las posibilidades de la fuente que según el IRC (International Rescue Comitee) se encarga del abastecimiento de agua potable a los peregrinos. Hay colas de ciento cincuenta metros alrededor de los grifos distribuidos por la meseta, el IRC los ha instalado para la ocasión, de todas formas, esto no podrá durar más allá del 1 de Octubre, ya que la fuente produce menos agua de la que se consume. También hay una “fuente sagrada”, alimentada por las aguas pluviales recogidas por el techo del Gishen Debre Kerbe, por supuesto, hay que llevar un poco de la mima para casa, para la familia o para los amigos que se han quedado en la ciudad o en el pueblo, esto, hace felices a los vendedores de botellas de plástico vacías, aquí, no se recicla por una buena causa, sino por necesidad. Se prostran, rezan delante de cada iglesia, algunos se quedan durante horas, otros pondrán los brazos en cruz sólo durante el tiempo que se tarda en hacer una foto………la fe para unos, la apariencia para otros. Lo importante es estar o haber estado en Gishen Maryam.

Desde hace cuatro días los peregrinos están llegando, su afluencia va en aumento, todo se vuelve más estrecho y la circulación más difícil.

Los sacerdotes se preparan, los sermones se suceden, un cántico se eleva aquí, una danza comienza allá, todo en medio del flujo continuo de la muchedumbre, sobre la cual el sol a medio día no tiene piedad.

En todas las callejuelas de la meseta hay vendedores ambulantes y toda la miseria del mundo: leprosos, enfermos y disminuidos que salmodian:” Gishen Maryam, Gishen Maryam, Gishen Maryam”, esperando la limosna de un peregrino, ¿cómo han llegado allí?, no hago fotos, no os haré ninguna descripción, si te quedas un rato, lloras. ¿ Dónde está Dios?, tengo dos pies, dos manos, dos ojos, todos en buen estado, ¡qué suerte!.

Estos islotes de sufrimiento son un detalle en el océano de esta manifestación que no puede dejar a nadie indiferente. A ratos, tengo la impresión de formar parte de una película que se desarrolla en la Edad Media, ningún turista, ningún hotel, simplemente alguna taberna y algún restaurante local, en los cuales se sirve la “injera”, comida nacional que con diferentes salsas se come por la mañana, al mediodía y por la noche. La “injera” es una gran torta hecha con harina de “tef” (cereal que sólo crece en Etiopía) se sirve principalmente con carne salvo dos días a la semana decretados vegetarianos. No soy un fan de la “injera”, en absoluto, me cuesta digerirla y después de una intoxicación el primer día, mi estómago no está muy receptivo, ¿es la “injera” o la carne de cabra lo que no le gusta?, por supuesto el problema es mío y de mi inadaptación, mis vecinos comen y comen cantidades ingentes, sumergiendo la mano en el plato común que compartimos. ¿Y la cabra que dos horas antes rumiaba tranquilamente la hierba?, es corta la esperanza de vida de una cabra etíope y una vez en la olla, esa carne no deja de encoger y encoger.

Al acecho, los quebrantahuesos y los cuervos, sobrevuelan la meseta con la esperanza de recuperar algún desecho de cabra o de vaca, pero los hombres no les dejan gran cosa. Nada se pierde aquí, incluso la piel de cabra continuará su viaje en el equipaje de un peregrino. En resumen, lo habéis entendido bien, este peregrinaje es de todo menos gastronómico. Para compensar y para gusto de nuestras papilas, el café es excelente. El café (buna) para los habitantes, permanece como una ceremonia, tomarlo es una invitación a la pausa y la pausa una invitación a la siesta, pero la siesta en los lugares donde no hay viento es una invitación a las moscas y éstas son un infierno. Así que hay que hacer como los peregrinos que se enrollan en una gran sábana sin dejar nada a la vista y los extranjeros les damos las gracias por aprendernos la técnica.

La mayor parte de estos peregrinos vienen de Addis-Abeba, pero los hay de todas partes. Algunos han hecho días de marcha por senderos escabrosos, por escaleras de madera colgadas en los acantilados, hace falta subir con su carga o su bebé en la espalda. Los he seguido con admiración durante algunos quilómetros.

He pasado diez días aquí, entre pensativo y extrañado. Da igual de que peregrinaje se trate, Lhassa, la Meca, Lourdes o Bénarès, el fervor es el mismo, no hay duda en la mirada de los peregrinos. Lo que yo he visto de este país es extraordinario y sus habitantes calurosos. Volveré a Etiopía, volveré a Gishen Maryam.

texto Guillaume Ratel

fotos Julio Garcia

subir